Cada vez tengo más claro que la infraestructura —energética, digital, urbana y social— dejó de ser un “soporte técnico” para transformarse en la verdadera columna vertebral del mundo que estamos construyendo. De ella dependen la competitividad, la innovación y, sobre todo, la estabilidad de nuestras sociedades a largo plazo.
Cuando miro la transición energética, los nuevos corredores logísticos o las redes digitales que conectan territorios y personas, veo algo más que proyectos. Veo una apuesta por la resiliencia: anticiparse al cambio, fortalecer comunidades y crear plataformas que sigan funcionando incluso cuando el entorno se vuelve incierto.
Para mí, la infraestructura va mucho más allá de una clase de activo. Representa una oportunidad concreta de construir riqueza sostenible, cerrar brechas, generar inclusión y asegurar bienestar para quienes vienen después de nosotros.
Estoy convencido de que la próxima década no la marcarán quienes reaccionen más rápido, sino quienes tengan la capacidad de mirar lejos, decidir con paciencia y transformar el presente con visión de futuro.
Es ahí —en esas decisiones silenciosas y de largo horizonte— donde realmente se escribe la historia.